ce que l'on s'aime































Aquí me siento, luego de mucho tiempo, y como he dicho, tiempo que parece una eternidad, escuchando un disco rayado, digital, viendo imagenes que pasan a través de mis párpados medianamente entrecerrados por la luz de la primavera. Suena bien, suena exquisito, suena cómo néctar para aquellos que mantienen sus oídos y corazones cerrados bajo 11 llaves, para las cuales no hay cerrojo alguno. Mucho tiempo, granos de arena que juntos hacen del reloj, lo que la vida lo hace quien la vive, y siguen cayendo los granos uno encima del otro, tal cual mis experiencias se van acumulando como trapos sucios luego de una gran fiesta. Se acumulan, se convierten en pirámides inmóviles las cuales son imposibles de sujetarse por su propio peso, ni por mi propia fuerza, ni si quiera un centímetro, no hay fuerza para aquello, no hay razón tampoco, y aquello; aquella razón que me infecta, no deja de pulular indiscreta en mi cerebro, como un hematoma que se expande sobre tu piel, sin poder escapar de aquella amarilla venganza. Es una eternidad la que llevo escuchando aquellas mismas canciones, que todos los días me dan un poco de ese despertar que tanto necesito, y es absurdo, porque antes la música era suficiente, y ahora, ahora, en este momento y desde muchos momentos en este pasado inmediato, la música nisiquiera es suficiente, para despertar, necesito un rayo, un relámpago incandecente, porque ya no necesito despertar, necesito un exorcismo, una excursión fuera de la tierra, una señal que me haga rehabilitar, volver a ser quien fuera en algún momento de mi corta y patética historia, pero esa señal no viene, y si viene, se vá, como un columpio de aquellos.

Esa señal la he tenido, sin duda alguna, y la he perdido o desaprovechado o sólamente dejado flotar frente a mí, sin atreverme a atraparla entre mis manos, me la han quitado de las manos, la he encontrado en lugares donde era imposible encontrarla, me la tope en el camino, pero aquella luciérnaga se desparramo como arena y barro entre mis manos, por mi culpa, como dicen en aquella reseña bíblica religiosa de la que tanto me acuerdo, que me recuerda tanto a mi padre, que dice así; por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. No espero nada de Dios, ya que Dios no existe, tampoco espero recibir aquella señal de la gente que me rodea, porque parece que no existieran, ni yo para ellos, sé que esa señal está, la tengo, guardada en algún bolsillo de algún pantalón que alguna vez usé.

No hay nada más que aquello, la incapacidad del ser, la influencia del ser sobre sí mismo, la auto lobotomia frontal, que aunque parezca peligroso es la única manera de vencer aquellas tragedias, aquellos retos y ciertas flores que se te arrancan del pecho. Pararse, mirarse con vergüenza en el espejo y decirse "Aquí estoy, aquí y allí estuve, fue real, pero parece un sueño, y más que sueño una pesadilla y ahora no queda más que bajar la cabeza y avergonzarse de uno mismo" Y si tuviera cola, la cola se me estaría enredando en un nudo gargantual, de explorador y marinero, por décimaquinta vez. Una vergüenza de aquellas, de esas con las que aprendes, y también pierdes. La señal sigue iluminando en el horizonte, en aquél que como ilusioria atracción o espejismo dromedario, aparece, desaparece, a mitades, a cuartos, a cientos por cientos. Lo alcanzas y te dás cuenta que no está, ya no hay nada, y miras otra vez hacia el frente y ahí está, burlándose de tí, y te dás otro segundo, tercero, décimonoveno aire y empiezas a correr otra vez.

Idiota.

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